Una declaración de interdependencia transatlántica: Estados Unidos necesita a Europa para ser tecnológicamente fuerte

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Estados Unidos y Europa están unidos por un firme destino común y un sistema de valores compartidos forjados en los últimos tres siglos. Nuestros dos continentes nunca han dejado de ser una fuente de inspiración mutua tanto filosófica como políticamente; no debemos olvidar que fue el espíritu de la Ilustración europea el que dio origen a la voluntad valiente de los redactores de la Constitución estadounidense, antes de que el sistema americano se convirtiera en un modelo para muchos en Europa. Este espíritu quedó reflejado también en la frase de Víctor Hugo, que defendió proféticamente la necesidad de crear unos “Estados Unidos de Europa”. En este punto compartimos una visión común del mundo por nuestro apego a la democracia, al estado de derecho y a la libertad individual y empresarial.

A finales del siglo XX, Estados Unidos pasó de ser una joven nación con ambiciones incipientes a una hiperpotencia que dominaba la escena internacional. Sin embargo, esta hegemonía se está erosionando con fuerza por la reivindicación de China en el ámbito económico, comercial y, recientemente, geopolítico. La cuota de Estados Unidos en el PIB mundial ha caído de un 23,8% en 1999 a un 18% en 2018. La actitud de repliegue o de “America first” de la era Trump, y el fin del intervencionismo que había prevalecido durante la década del 2000, son otras señales que revelan los profundos cambios que se están produciendo. Por parte de Estados Unidos, la conciencia de esta pérdida de poder relativo ha tenido importantes implicaciones: confiar en la complementariedad entre aliados y poner fin a la política de “ir por libre” que había dominado en gran medida la postura estadounidense en la escena internacional durante los últimos veinte años. En otras palabras, hay un eco del presidente Kennedy que, en 1962, dijo que estaba dispuesto a “declarar la interdependencia” de Estados Unidos y Europa para construir una colaboración “mutuamente beneficiosa”.

A pesar de ello, si existe un sector que perfectamente se prestaría a una declaración de interdependencia de este tipo, y en el que la necesidad de una relación mutuamente beneficiosa se manifiesta con fuerza, es el sector digital. La crisis sanitaria ha acelerado la digitalización de nuestras sociedades y economías, y nos ha dejado una cosa dolorosamente clara a los europeos: somos extremadamente dependientes de un puñado de gigantes tecnológicos californianos de Silicon Valley. Este ecosistema tecnológico fue cuidadosamente diseñado en los años setenta, y se refuerza gracias al gasto público del gobierno de Estados Unidos.

Más allá de las consecuencias perjudiciales que estas dinámicas oligopolistas están teniendo en la economía y en relación con la resiliencia, término que los reguladores estadounidenses y europeos están poniendo, con razón, en el punto de mira cada vez más, esta situación revela sobre todo que nuestro mundo digital se rige por un sistema de valores que hace tiempo que nos cuesta entender, y que es la antítesis de los valores humanistas que proclamamos como herencia de nuestro continente. El GDPR fue la respuesta normativa de Europa para reafirmar la protección de la privacidad de los ciudadanos europeos en el espacio digital. Nuestros aliados estadounidenses también deben comprender adecuadamente el debate creciente sobre la autonomía estratégica y la soberanía digital en el ámbito normativo. Para Europa, el objetivo no es obviamente desencadenar hostilidades al otro lado del Atlántico, sino lograr un reequilibrio recíproco de las actuales relaciones de mercado. La situación actual no sólo obstaculiza la libertad de empresa, la competencia abierta y leal y la confianza en las nuevas tecnologías digitales, sino también la creación de un entorno favorable a la innovación y la creación de riqueza.

La confianza es clave para la cooperación. Por lo tanto, es necesario iniciar urgentemente conversaciones regulares entre las autoridades europeas y estadounidenses en el marco del Consejo de Tecnología y Comercio. Esto nos permitirá exponer nuestros puntos de vista sobre varias cuestiones (espinosas), como la definición de normas tecnológicas acordes con nuestros respectivos valores, o los objetivos compartidos en materia de huella medioambiental del sector digital, la seguridad de las cadenas de suministro digitales, la interoperabilidad de la tecnología cloud, la gobernanza, la soberanía jurídica, la circulación de datos personales e industriales, las condiciones de exportación de tecnologías y software de uso dual, el control de inversiones extranjeras, o el acceso recíproco de las Pymes a los contratos públicos.

Aunque la creación de una coalición de intereses transatlánticos para cuestiones estructurales como estas puede ser crucial, también debemos tener cuidado de no confundir la velocidad con la prisa, ni el compromiso con las concesiones. El legítimo deseo del ejecutivo europeo de avanzar rápidamente con sus homólogos estadounidenses no debe primar sobre el impulso de nuestros valores europeos. Es más, tampoco debe impedirnos defender incansablemente los intereses económicos e industriales europeos en los ámbitos tecnológicos y digitales pertinentes, cuya dimensión estratégica ya no se pone en duda. En definitiva, se trata de una prueba de fuego para reforzar nuestro objetivo, subrayado en múltiples ocasiones por la presidenta Ursula Von der Leyen, de hacer una “Comisión Europea geopolítica”, y no sólo como retórica política, sino como realidad.

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